domingo, 10 de agosto de 2014

LA PROMESA






La tormenta anunciada en los noticiarios hacía presencia en aquella noche otoñal cargada de fríos vientos. No tardó mucho en hacer acto de presencia la lluvia intensa que dichos aires proclamaban en sus embestidas. Mas ese intenso diluvio venía acompañada de luces zigzagueante con su peculiar sonido ensordecedor y por momentos atemorizador.

        Adela, con premura pero a pie despacio debido a sus cansados huesos de anciana edad, se dispuso a cerrar alguna que otra ventana que avisaba de su apertura por el sonido continuo a merced de las citadas brisas inquietas. Acababa de terminar de echar el pestillo de la última de ellas, cuando sin previo aviso y de forma abrupta, el aparato eléctrico del hogar dejó repentinamente de funcionar. Por suerte, se encontraba en su dormitorio, y conocedora de la estancia como de un ciego de su propia casa, se dirigió con su artrítico sin tropezar hacia el sifonier donde tenía colocado un viejo quinqué de aceite, recuerdo de su abuelo paterno. Cogió unas cerillas ubicadas al lado y procedió a su encendido. La luz parpadeante y tenue, acompañada de ese furioso temporal meteorológico, daban a la casa un aspecto tétrico y que para cualquiera aterrador. Pero Adela, con 88 años de experiencia a sus espaldas no estaba inquieta ni por un momento. Con mismo paso suave, se dispuso a bajar las escaleras para ir hacia la cocina y prepararse un té caliente y reparador, propio de la noche que la acompañaba.

        Portando el viejo lucero en una mano, y la taza de té en la otra con su peculiar tembleque de la edad, se dirigió al salón y se sentó en su sitio preferido, en su butaca orejera sita al lado de la mesa camilla y junto a un gran ventanal que daba vistas al jardín de la casa. Y sin inquietarse en nada por lo que sucedía en el exterior con especial virulencia, se puso a divagar en sus pensamientos pasados mientras mantenía su mirada perdida hacia el vaivén imperioso de las copas de los árboles plantados en su parque personal.

        No pasó mucho tiempo cuando el timbre de la puerta de entrada detuvo inmediatamente su grato divagar. Aunque eran horas tardías, no sintió miedo alguno y se dirigió a abrir para ver quién la requería. Abrió el gran portón de madera cuando la sorpresa vino a sus ojos.

­­­–¡Juan, que haces a estas horas y con este tiempo! –exclamó Adela de forma amable. –Anda, pasa rápido y siéntate al calor del brasero de picón.
Juan hizo caso a su anfitriona y se sentó a su lado en aquel salón con luz difusa, que de tétrico paso a ser reconfortante en un momento. 

–¿Qué haces por aquí?... ¡Qué casualidad! justamente estaba pensando en ti y en todos esos momentos estupendos que nos hacían reír como niños, ¿recuerdas? –Le decía la anciana con ansiada ilusión.

–He venido por dos cosas, una para ver otra vez ese brillar esplendido de tus ojos que siempre llenó mi alma, y por la promesa que te hice… ¿no lo habrás olvidado, no?

–Qué cosas tienes Juan, tu siempre tan halagador –respondía ruborizada la coqueta anciana. –Claro que me acuerdo de tu promesa, tonto… ¡pero mira que hacerlo con este tiempo! Ains –prosiguió Adela con dicho suspiro.

–Sabes que soy hombre de palabra mi bella Adela. Y no importa el tiempo que haga para volver a ver tu tierno rostro que con el paso de los años ha ganado en más belleza si cabe –proseguía Juan con sus característicos halagos.

        Estuvieron gran parte de la noche hablando del pasado, de las cosas que vivieron juntos, mientras sus miradas nunca dejaban de mirarse intensamente sin importar nada los truenos y relámpagos que se producían incesantemente. Nada podía quitarlos de sus conversaciones y de su conjunta alegría y euforia que el reencuentro les hacía sentir. La luz tintineante del quinqué se volvió poderosa pues inundaba en atmosfera cálida y acogedora aquel momento de recuerdos. Fue el mejor día en el que se fue la luz –pensaba Adela. Tras varias horas, Adela interrumpió a Juan que narraba alguna de sus experiencias vividas:

–Discúlpame Juan, no sé si es esta edad que ya me abate, o el tiempo, o el té… pero me está apremiando un sueño del cual me veo imposible evitar sin saber por qué.

–Por favor, Adela, no te preocupes, no tienes que disculparte. Hagamos una cosa como antaño era costumbre. Yo te acariciaré la mano mientras tú te vas quedando dormida en la butaca. –Exhortaba Juan a la anciana.

–Oh, Juan, es estupendo… que mejor manera de quedarme dormida, aunque prefería seguir hablando contigo, pero me es imposible, está siendo superior a mí.

        Juan sujeto cálidamente la mano a la anciana mientras ella tras no mucho tiempo quedó profundamente dormida, mientras él no dejaba acariciarla sintiendo el suave tacto y disfrutándolo hasta de sus marcadas arrugas. Pero Adela no se durmió. O más bien sí, pero era su último sueño. Partía hacia el otro lado, cualquiera que haya, con la mejor compañía de una noche tan agitada. Pues Juan estuvo con ella en su partida, pues esa fue su promesa. Promesa hecha veinte años atrás. La que realizó en su lecho de muerte a su amada esposa.
        Sí, Juan era su difunto marido y hombre de palabra. La noche siguió agitada sin parar de llover, pero en el interior de la casa permanecía un silencio con sabor a amor, acompañada de la mejor de las luces, la de un viejo quinqué y la del brillar de los ojos de Juan. Cumplió su promesa, en su totalidad… estaría en su partida para hacerla placentera… y estaría con ella para toda la eternidad. Nunca una noche tan intempestiva fue la mejor de las noches para la dulce Adela.

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